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JOAN TOMÁS
fotógrafo/photographer
JOAN TOMÁS, COMO UN ESPEJO DE DOBLE CARA

No está bien empezar un texto acerca de otro con un dato autobiográfico, pero así es: por Joan Tomás yo escribo sobre fotografía. Él me encargó el primer texto. Fue hace ya muchos años, en Barcelona, al inicio de los años ochenta, recién despertando de la dictadura: todo gris y triste, salvo nuestra juventud y nuestras ganas. Allí y entonces, en el número 179 de la calle Provenza, teníamos nuestro lugar de reunión en la galería Primer Plano, que dirigía Joan Tomás hasta el día que tuvo que traspasarla debido al aumento de su trabajo profesional, con el alivio de poder dedicarse al cien por cien a su vocación de fotógrafo.

En Barcelona se estaban moviendo las cosas. La Transición había sacudido la manta y con la libertad de expresión habían salido cantidad de fotógrafos inquietos a fotografiar la calle. Había un sector que promovía una "normalización", es decir, la equiparación de la fotografía a las otras artes. El fenómeno más sonado, en el año 1982, fue la creación de la Primavera Fotográfica de Barcelona, a cuyas sesiones fundacionales asistió también Joan Tomás como director de la galería, perplejo ante la rigidez de aquella normativa que divorciaba una supuesta fotografía artística de la que había nacido en el entorno profesional. Su instinto le llevaba por otro camino y, a la hora de dirigir su galería, apostaba por la variedad y la riqueza de propuestas. La fotografía en Primer Plano era una, si era de calidad.

Así también, para Joan Tomás su obra siempre ha sido una, y no distingue entre las fotos de encargo de aquellas que acomete de motu propio. En cualquier caso se exige lo mismo y juega con la misma pasión. No hay horas muertas en su estudio. Cuando no sale a fotografiar, se entretiene a editar sus books, auténticos libros de artista de confección artesanal, con los que compone series muy personales, espigando fotografías de las hojas de contacto profesionales o de los álbumes familiares. Lo complejo de su trabajo no se encuentra en el estilo -que lo tiene y muy pronunciado- ni en la manera de resolver los temas -siempre original- sino en la calidad de la vivencia recogida, esa huella en la historia y en su propia biografía.

Es fotógrafo desde que nació, suele decir, y profesional desde que cogió la cámara por primera vez y montó su laboratorio a los 12 años de edad. Pero fue en 1.988 cuando hizo su primer trabajo por encargo como free-lance para una agencia. Desde entonces, no ha cesado en la tarea de fotografiar. En la de vivir tampoco. Solo se reprocha dos cosas: haber hecho demasiadas fotos o, por el contrario, no las suficientes.

Todo lo que hace lo siente suyo, ya sea mejor o peor el resultado. Tanto valora una foto de portada para un medio con miles de ejemplares de tirada, como las efímeras acciones en la calle para la gente de su barrio. Las experiencias son inolvidables si en ellas hubo entrega y pasión. Por eso resulta tan complicado para él seleccionar su obra de manera antológica. ¿Existe en realidad una selección que sea más digna, más verdadera, más representativa? Cuando Joan entra en la habitación en la que guarda su archivo y mira las estanterías llenas de carpetas del suelo al techo, es capaz de recordar las fechas y los temas, sin apenas leer los lomos. Pero ahí no se acaba su archivo pues, en la bipolaridad propia de un fotógrafo en tiempos de bisagra tecnológica, una parte importante de su trabajo está guardada en los seis discos duros que escoltan su ordenador, cargados con las imágenes que ha ido acumulando durante estos últimos años. Fotos y fotos, trazos, trozos de realidad que ha ido espigando de aquí y de allá y, aunque no dispara mucho, siendo un trabajador incansable como es -un vividor incansable, también- y como el tiempo pasa tan rápido y las experiencias y los encargos son tantos, ha sumado una cantidad ingente de fotografías. Él, que es un sentimental en el fondo, siempre se apiada antes de destruir una imagen que en un futuro pudiera echar de menos, ¿cómo saber que no será ésa, precisamente, la foto destruida, la huella única y deseable de las cosas y las personas que querrá volver a ver en el futuro? Pero, a la hora de la verdad, no duda y echa mano de aquellas imágenes de su archivo que darán sentido al relato, como el pintor echaría mano de los colores de su paleta para completar un cuadro. He conocido pocos fotógrafos tan resueltos y claros como Joan Tomás para montar series y seleccionar imágenes. Y es que tiene un perfil peculiar de inteligencia visual. En la edición, variando pocas piezas, es capaz de cuajar ese aire frágil de la autoría. Es capaz de componer diferentes cuerpos con gran habilidad. La forma final, como en el juego del tangram, representa una posibilidad entre los muchos órdenes que puede adoptar el mundo. Y nos decimos, mientras vemos retratos de gente diversa: aquí pasa algo, nos está hablando también de sí mismo, pero de manera sutil. Un poco al azar, como pasa normalmente en la fotografía, Joan compone un haz de fotos como espigas recogidas por el campo ya segado. Como un reciclador de imágenes -idea que le sugirió Les Glaneurs et la Glaneuse de Agnés Varda- reúne esas criaturas que la realidad deja a disposición para componer una nueva constelación cuya visión de conjunto reflejará tanto el mundo como su idea acerca del mundo. La realidad y el que la mira, como un espejo de doble cara.

El fotógrafo que afronta un retrato, dice Joan Tomás, lo primero que ve son sus propios miedos y temores, sus prejuicios, sus verdades y sus deseos, su conciencia: a si mismo. Y tendrá que vencer esas barreras para llegar al otro, que también se está enfrentando a si mismo. Hay que estar dispuesto a abrir la mente y atender a los cambios. "Cara a cara frente alguien, dice, por más quietos que estemos, siempre percibiremos ligeros cambios. El exterior nos ayuda a descubrir el interior de la persona".

Su táctica es observar a fondo esa materia prima que le sirve para explicar la personalidad y el momento vital de su personaje. Y no sólo el rostro, también las manos, la pose, la ropa que cubre o descubre el cuerpo, el espacio que rodea a la persona, la luz que la toca... Y dejar que el retrato "se haga". Prefiere no tener un guión preestablecido. Toda aquella información del carácter del retratado de la que dispone antes de comenzar la sesión solo le servirá para tener elementos de trato, pero no para reflejarlo en la fotografía. El fotógrafo tendrá que representar un rol que vendrá determinado por el rol del otro. Entre las dos miradas se está diciendo: " 'te quiero tomar', 'dejo que me tomes', -dice- pero a veces también implica juego y engaño, ejercer breves tiranías disfrazadas de miradas de complicidad y buenos modales. A veces se da el encuentro, otras, en cambio, el desengaño y la frustración. Por eso al acabar una sesión, puedo tener la sensación de haber sido despojado de mí mismo o por el contrario puedo salir eufórico con las energías renovadas."

Es consciente de su labor de notario, tal como es consciente de que esa labor no tendría sentido sin ejercer su punto de vista privado, bien diferenciado y genuino. Los retratos de las personas sólo son retratos de un tiempo histórico cuando en ellos convergen la mirada del autor y la mirada del modelo. Ahí tenemos como ejemplo a Marilyn mirando a Avedon, a Baudelaire mirando a Nadar, a Truman Capote mirando a Irving Penn… y tantas otras parejas de destino. Joan busca también por su propia cuenta a los personajes, y no se conforma con esperar el encargo. Monta un sencillo plató en la parte de atrás de los escenarios durante los festivales de jazz o de flamenco y pide a los personajes que le posen. Así obtuvo el retrato de un Evo Morales obrero y joven, antes de soñarse presidente de Bolivia, en un encuentro internacional de lideres sindicales. Su sensibilidad por el alma humana más allá del personaje, le hace entender los retratos desnudos de anécdota. Por ejemplo, antes de que Ferran Adriá se convirtiera en un fenómeno mediático, Joan Tomás ya le había retratado mostrando únicamente a Ferrán Adriá mirando a Joan Tomás, prescindiendo de su "imagen de cocinero" ataviado con gorro y delantal. Pero la publicación que le había encargado el retrato lo rechazó aduciendo que "no decía nada acerca del personaje”.

Además del latido de lo humano, en las fotos de Joan Tomás hay un fuerte componente visual. El color, las maneras de presentar las fotografías en la puesta en página, el ensayo de técnicas y de procedimientos nuevos, son cosas que le emocionan. Le he visto experimentar con la fotocopiadora, con el escáner, con los líquidos del laboratorio, con las cámaras antiguas o de juguete, con las polaroid... Hacer impresiones gigantes de ploter para empapelar paredes o revistas del tamaño de una tarjeta de visita con una sola grapa que iba repartiendo él mismo en las fiestas... Ideas nunca le han faltado. Es un excelente performador de la imagen múltiple pero con un sentido artesano que excede los estandares de las empresas editoriales. Lo que más le excita es el riesgo, experimentar sobre la marcha, incluso en los trabajos de encargo.

En la fotografía de Joan Tomás el color tiene una importancia esencial. Él era un fotógrafo de formación en blanco y negro y los resultados del laboratorio profesional en color no le acababan de gustar. Fue en el año 1995 que la fotógrafa Bela Adler le animó a que lo hiciera él mismo. Ese valor añadido fue muy apreciado por José Manuel Navia, entonces editor gráfico de El País Semanal. El color dio un giro a su carrera y llenó su trabajo de estilo, creando cierta escuela y en segunda mitad de la década de 1990 sus fotos se podían ver semanalmente en la mayoría de las revistas gráficas.

La otra cara del espejo, opuesta pero complementaria a ese mundo del glamour del papel couché, es la del activista que se implica con la realidad y atiende a los problemas de su tiempo. Así, en el año 2003 lleva a cabo una colección de 140 retratos de la gente de su barrio, que luego pegó en la plaza de Sant Pere de Barcelona. A raíz de eso, en la segunda edición de TRAFIC (2008), el Centre de fotografía documental de Barcelona le invitó para llevar a cabo un proyecto de encolado de fotografías en la calle, en la línea de los trabajos de los grafiteros contemporáneos como JR. La fotografía sirvió de espejo de las inquietudes de personas y colectivos.

De vez en cuando suena el teléfono y me responde el silencio. Yo sé que es Joan. Discreto, observa en la distancia el tono de mi voz para saber cómo tiene que "entrarme". Me retrata sin verme, pienso. Llama para sorprenderme con algo nuevo. Nunca está en el mismo lugar, aunque su ánimo siempre sea el mismo: curioso y arriesgado. No hace mucho nos volvió a convocar a los amigos de entonces para la inauguración de una exposición donde su fotografía era el punto de partida de una búsqueda en el campo de la gráfica, el cómic, el cartelismo o el fancine. Las paredes gritaban eslóganes tremendos -"En los corazones de piedra habita el miedo"- pero los ojos se nos llenaban de alegría, de formas y colores, de humor e ironía. También era vernos y notar la vitalidad después de los años, como en los tiempos de Primer Plano. A estas alturas, él ya podía estar sentado en un despacho editando la fotografía de otros, como han hecho tantos fotógrafos eminentes a los que llegado un momento les pesaron las cámaras. Pero Joan no se cansa de cargar, de pensar ni de enredar. No sé si muchos saben que su socio de Malasaña, el Sr. Lorenzo, es él mismo. En la otra cara del espejo, es el rostro que resume todo lo bueno que ha visto, toda la fuerza que ha pulsado, toda la belleza y la gracia de todos los rostros que ha retratado que, por breves que fueran, siempre acabaron siendo amigos.

Laura Terré
Vilanova i la Geltrú, marzo de 2012
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Proyecto “Mi barrio”  2004
Proyecto “La ciudad Tomada” 2009
Photobolsillo de Joan Tomás, editado por La Fábrica, 2012
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Terenci Moix
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Ferrán Adriá
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Carles Moya para El País Semanal
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De la exposición “En los corazones de piedra habita el miedo”
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Lagartija Nick en la Alhambra de Granada
“Mar adentro”
Evo Morales, 1993